Perfiles de los participantes en las agresiones

No es difícil intuir las características de la figura del agresor y de la figura de la víctima en este proceso.

A nivel internacional, la OMS (Organización Mundial dela Salud), dicta tres criterios diagnósticos para categorizar el bullying:

  1. La existencia de una o más de las conductas de hostigamiento internacionalmente reconocidas como tales. (El desprecio, el odio, la ridiculización, la burla, el menosprecio, los motes, la crueldad, la manifestación gestual del desprecio, la imitación burlesca son los indicadores de esta escala).
  2. La repetición de la conducta que ha de ser evaluada por quien la padece como no meramente accidental, sino como parte de algo que le espera sistemáticamente en el entorno escolar en la relación con aquellos que lo acosan.
  3. La duración en el tiempo, con el establecimiento de un proceso que va a ir minando la resistencia del niño y afectando significativamente a todos los órdenes de la vida: académico, afectivo, emocional y familiar.

Participantes

Los participantes de toda situación de Acoso Escolar son tres: los acosadores, la víctima y los espectadores. Se trata del denominado “Triángulo del Bullying”.

Agresor o Victima activa

Cabe aclarar que en la mayoría de los estudios realizados sobre este tema se menciona la necesidad de diferenciar distintos tipos de víctimas, incluyendo como victima al agresor.

Normalmente, el agresor tiene un comportamiento provocador y de intimidación permanente. Posee un modelo agresivo en la resolución de conflictos, presenta dificultad de ponerse en el lugar del otro, vive una relación familiar poco afectiva, y tiene muy poca empatía.

Según los expertos criminalistas y psicólogos (Avilés, J.M.), un niño puede ser autor de Bullying cuando solo espera y quiere que hagan siempre su voluntad, cuando le gusta probar la sensación de poder, cuando no se siente bien o no disfruta con otros niños, si sufre intimidaciones o algún tipo de abuso en casa, en la escuela o en la familia, cuando es frecuentemente humillado por los adultos, o cuando vive bajo constante presión para que tenga éxito en sus actividades. Los agresores ejercen su acción contra su víctima de diversas formas: les golpean, les molestan, provocan, acosan con empujones y golpes, les nombran de una forma desagradable o despectiva, les generan rumores, mentiras o bulos, les aíslan del grupo, les ofenden y les anulan.

Normalmente, los jóvenes agresivos no agreden delante de los adultos, por lo tanto los profesores y padres desconocen la existencia de estos comportamientos agresivos y desafortunadamente no pueden hacer algo para detener a los agresores o ayudar a los jóvenes que están siendo agredidos. El comportamiento agresivo no es normal y no debe ser considerado como que “es cosa de niños.”

Tiene tendencia al abuso de poder y el deseo de intimidar y dominar, apoyados en una sensación de superioridad -sobre todo física hacia la víctima. Esta tendencia es persistente y termina provocando la consolidación de la conducta, con lo que se supera lo que podrían ser situaciones meramente episódicas. Es decir, los alumnos bully se caracterizan por una agresividad estable, que se configura como característica conductual y da como resultado, entre otros, la desadaptación y el distanciamiento de los objetivos escolares.

La materialización de lo anteriormente señalado es muy expresiva: agresiones a estudiantes débiles o indefensos, episodios de intimidación, la colocación de motes, las conductas ridiculizadoras, los golpes y empujones, los daños a las pertenencias de los compañeros. De nuevo debemos advertir que los alumnos bully pueden ser, en muchos casos, los meros organizadores, instigadores u ordenadores para que otros alumnos sean los actores directos de las conductas agresivas (no es impensable que alumnos víctimas se vean obligados a ello, dentro de su proceso de opresión y como búsqueda de un medio que les permita congraciarse con el agresor).

En definitiva, el alumno bully es físicamente fuerte, de igual o mayor edad que la víctima (recuérdese lo señalado acerca de su necesaria conciencia de superioridad cierta); necesita dominar, tener y sentir su poder. Por otra parte, su comportamiento presenta características que también pueden ayudar a su localización: tienen un temperamento fuerte, dado al enojo, poco dúctil al diálogo o a la modificación de pautas (lo asumen como una debilidad que atenta a su posición de dominio), lo que se materializa en una impulsividad que concreta actitudes desafiantes hacia los adultos; baja tolerancia a la frustración (lo que puede provocar un mayor ensañamiento con las víctimas si éstas oponen algún tipo de resistencia); su autoestima es baja, aunque ellos están convencidos de que sus actos les fortalecen y de que persistir en ellos ratifica y potencia su fortaleza, su capacidad de autoafirmación. Todo ello no es de extrañar que provoque otras consecuencias: las víctimas les ven como malvados y duros (en el fondo esto refuerza al alumno bully), es normal su temprana participación en otros comportamientos antisociales ajenos a la agresión concretada sobre una o varias víctimas.

Todo ello les hace poco soportados por el resto de alumnos, aunque su popularidad puede ser variable (no olvidemos que en determinados niveles y en determinados colectivos de alumnos la capacidad de oposición a la jerarquía académica o la capacidad de presión sobre los semejantes de los alumnos bully puede despertar cierta admiración, aunque no se comparta su manera de ser). Además, sobre todo en los cursos elevados de secundaria, una clara actitud negativa hacia la escuela pueda ser apreciada en estos alumnos.

El perfil de un agresor o víctima activa suele ser el siguiente:

  • Es frecuente que sean repetidores y de edad superior a la media de la clase.
  • Su rendimiento escolar es bajo.
  • Muestran una actitud negativa hacia la escuela.
  • Suelen ser más fuertes físicamente que sus víctimas.
  • Muestran poca empatía hacia las víctimas.
  • Presentan altos niveles de impulsividad.
  • Sienten la necesidad de dominar a otros mediante el poder y la amenaza.
  • Toleran mal las frustraciones.
  • Les cuesta aceptar las normas sociales.
  • Presentan una actitud hostil y desafiante con padres y profesores.
  • Perciben escaso apoyo y supervisión parental.
  • Informan de frecuentes conflictos familiares, de autoritarismo y hostilidad.
  • No acatan las normas sociales.
  • Tienen una opinión relativamente positiva de sí mismos: presentan una autoestima media o incluso alta.
  • Tienen un grupo pequeño de amigos (dos o tres) que les apoyan.
  • Son más populares entre sus compañeros que las víctimas.

Además, el agresor suele presentar cuatro necesidades básicas que se resumen en el siguiente esquema (Rodríguez, 2004):

  • Necesidad de protagonismo: El agresor suele tener la necesidad de ser visto y aceptado, de que le presten atención.
  • Necesidad de sentirse superior: La mayoría de los agresores sienten un enorme deseo de ser más fuertes y poderosos que los demás.
  • Necesidad de sentirse diferente: Los agresores suelen crearse una reputación y una identidad particular en el grupo de iguales que les rodea; pretenden ser diferentes y rechazan todo aquello que no es igual o similar a la imagen que han creado.
  • Necesidad de llenar un vacío emocional: Los agresores no son capaces de emocionarse o reaccionar con afecto ante los estímulos diarios; por el contrario, persiguen constantemente nuevas vivencias y sensaciones que muchas veces logran únicamente cuando crean su propio “espectáculo”.

Los comportamientos y actitudes con los que hemos  caracterizado al agresor hacen que su personalidad tenga las siguientes características:

  • Agresivo y fuerte impulsividad.
  • Ausencia de empatía.
  • Poco control de la ira.
  • Percepción errónea de la intencionalidad de los demás: siempre de conflicto y   agresión hacia él.
  • Autosuficiente
  • Capacidad exculpatoria.Sin sentimiento de culpabilidad.
  • Bajo nivel de resistencia a la frustración.
  • Escasamente reflexivo o hiperactivo.
  • Incapacidad para aceptar normas y convenciones negociadas.
  • Déficit en habilidades sociales y resolución de conflictos
  • Su evolución en el futuro puede derivar si no se trata hacia la delincuencia o la agresión familiar.

Agredido o Victima pasiva

Habitualmente, son niños que no disponen de recursos o habilidades para reaccionar, son poco sociables, sensibles y frágiles, son los esclavos del grupo, y no saben revirar por vergüenza o por conformismo, siendo muy perjudicados por la amenazas y agresiones.

La personalidad del agredido, más difícil de precisar y que no justifica que sea objeto de vejaciones, suele ser la de un niño identificado como víctima, débil, inseguro y con bajos niveles de autoestima. Se caracterizan por falta de competencia social, la cual se refleja en una carencia de asertividad; es decir, dificultad para saber comunicar sus necesidades. Posiblemente sea un niño sobreprotegido en el ámbito familiar.

El perfil de un agredido o víctima pasiva suele ser el siguiente:

  • En su apariencia física suelen presentar algún tipo de desventaja (complexión débil, obesidad…).
  • Su rendimiento académico es superior al de los agresores y no tiene por qué ser peor al del resto de los compañeros.
  • Muestran poca asertividad, mucha timidez, inseguridad y ansiedad.
  • Se sienten sobreprotegidos por sus padres y con escasa independencia.
  • Suelen ser ignorados o rechazados por sus compañeros en clase.
  • Tienen dificultades para imponerse y ser escuchados en el grupo de compañeros.

El niño agredido vive normalmente en una situación social de aislamiento (con frecuencia no tiene ni un solo amigo entre los compañeros); en relación a lo cual cabe considerar su escasa asertividad y dificultad de comunicación, así como su baja popularidad, que según algunos estudios llega a ser incluso inferior a la de los agresores. Para explicarlo, conviene tener en cuenta que la falta de amigos puede originar el inicio de la victimización, y que ésta puede hacer que disminuya aún más la popularidad de quién la sufre.

Estos niños suelen tener una conducta muy pasiva, miedo ante la violencia y manifestación de vulnerabilidad (de no poder defenderse ante la intimidación), alta ansiedad (a veces incluso miedo al contacto físico y a la actividad deportiva), inseguridad y baja autoestima; características que cabe relacionar con la tendencia observada en algunas investigaciones en las víctimas pasivas a culpabilizarse de su situación y a negarla, debido probablemente a que la consideran más vergonzosa de lo que consideran su situación los agresores (que a veces parecen estar orgullosos de serlo), (Salmivalli et al., 1996).

Las victimas pasivas suelen poseer cierta orientación a los adultos, que cabe relacionar con el hecho observado en algunos estudios entre las víctimas pasivas de haber sido y/o estar siendo sobreprotegidas en su familia.

Los comportamientos y actitudes con los que hemos  caracterizado al agresor hacen que su personalidad tenga las siguientes características:

  • Personalidad insegura.
  • Baja autoestima (causa y consecuencia del acoso escolar).
  • Alto nivel de ansiedad.
  • Débiles y sumisos.
  • Introvertidos, tímidos y con dificultades de relación y de habilidades sociales.
  • Inmaduro para su edad.
  • Manifiestan o padecen indefensión aprendida. Algunos chicos/as parecen entrar en una espiral de victimización después de sufrir uno o dos episodios de agresión por parte de otros. Seguramente su incapacidad para afrontar un problema poco serio. Les lastimó la autoestima y empezaron a considerarse víctimas antes de serlo.
  • Comienza teniendo trastornos psicológicos y trata de escaparse de la agresión. Protegiéndose con enfermedades imaginarias o somatizadas. Lo que puede derivar posteriormente en trastornos psiquiátricos. (Depresión, Ansiedad,…)

La conducta de las víctimas pasivas coincide con algunos de los problemas asociados al estereotipo femenino, como la fragilidad y la debilidad (Bosch Fiol, Esperanza; Ferrer Pérez, Victoria A., 2008). La situación de acoso es sufrida por igual por los chicos (que probablemente serán más estigmatizados por dichas características) y por las chicas (entre las que las características son más frecuentes pero menos estigmatizadoras). La asociación de dichas características con conductas infantiles permite explicar, por otra parte, por qué las víctimas pasivas disminuyen con la edad.

Dentro de las victimas, se han distinguido, al menos, dos subgrupos: los rechazados agresivos y los rechazados sumisos o no agresivos (Parkhurst y Asher, 1992). En la década de los 80 numerosas investigaciones constataron la estrecha relación entre el rechazo y la violencia (Bierman, 1986; Coie y Kupersmidt, 1983; Dodge, 1983), llegándose incluso a asumir que la conducta violenta constituía la principal causa de rechazo por el grupo de iguales (Dodge, Coie, Petit y Price, 1990), sin embargo, como venimos diciendo, en la actualidad el rechazo se ha vinculado, además de con la participación en comportamientos violentos, con las siguientes conductas problemáticas: la baja implicación en comportamientos prosociales, el comportamiento inmaduro, las conductas evitativas y los niveles elevados de síntomas depresivos y de ansiedad (Bierman, 2004).

Los adolescentes rechazados agresivos muestran un estilo comportamental fundamentalmenteviolento, mientras que los rechazados sumisos se caracterizanprincipalmente por la falta de asertividad social, el aislamiento socialy la no participación en comportamientos violentos (Astor, Pitner, Benbenishty, y Meyer, 2002; French, 1988; Rubin, Bukowski, y Parker, 1998; Verschueren y Marcoen, 2002).

Reflejan dos maneras distintas de reaccionar frente al acoso y agresión por parte de sus compañeros:

  • Por un lado, la víctima puede interpretar la victimización como una experiencia crítica muy traumática que, junto con su tendencia al retraimiento, mine su autoconcepto y desemboque en síntomas depresivos y sentimientos de soledad; esta víctima se conoce con el nombre de víctima pasiva o sumisa.
  • Por otro lado, es posible que la víctima desarrolle actitudes tan negativas hacia sus iguales que, junto con una tendencia a la impulsividad, desencadene una reacción agresiva hacia sus propios agresores; ésta sería la víctima provocativa o agresiva (Crick, Grotpeter y Rockhill, 1999).

Ambos tipos de víctimas presentan algunas características en común, como su situación social de aislamiento en la escuela y su impopularidad entre los compañeros, y algunas características propias, como vemos en las descripciones anteriores donde se recogen los resultados obtenidos en los trabajos de Criado, del Amo, Fernández y González (2002), Defensor del Pueblo (1999), Díaz-Aguado (2002) y Griffin y Gross (2004).

Los alumnos elegidos como víctimas por los bully lo pasan verdaderamente muy mal, y sufren daños morales y físicos. La situación que les atenaza les provoca, de un modo duradero, altos niveles de ansiedad y una considerable tensión nerviosa, materializada en síntomas físicos como dolores de estómago y de cabeza, pesadillas, ataques de ansiedad…, que pueden ir acompañados por trastornos de su comportamiento social tales como rabietas, negativismo, acentuación de su timidez, fobia y miedo hacia la escuela. Es perfectamente comprensible que una personalidad en formación, caracterizada por su falta de agresividad, sus dificultades de resistencia a la contrariedad o la presión, no pueda responder “contra” el agresor y canalice hacia sí misma la incomodidad, el miedo o el terror que siente.

Los adolescentes rechazados socialmente en la escuela son aquellos que resultan desagradables para la mayoría de sus iguales. En diversas investigaciones se ha mostrado que estos adolescentes se implican con mayor frecuencia en comportamientos violentos que suponen la violación de reglas institucionales y suelen presentar relaciones más conflictivas con sus compañeros y profesores, en comparación con aquellos adolescentes sin problemas de rechazo escolar (Coie, Dodge y Kupersmitdt, 1990; Gifford-Smith y Brownell, 2003; Maag, Vasa, Reid y Torrey, 1995; Newcomb, Bukowski y Pattee, 1993). Estos estudios también han mostrado que, sin embargo, la agresión no es la única causa de que estos adolescentes sean rechazados, sino que más bien se trataría de la combinación de elevados niveles de violencia con bajos niveles de competencia social. Además, los adolescentes rechazados presentan normalmente más problemas de aislamiento social, depresión y ansiedad, lo que también puede contribuir a que el adolescente sea poco aceptado socialmente en el aula. (Cava y Musitu, 2000; Estévez, Martínez y Jiménez, 2003; Ladd, 1999):

Los compañeros espectadores

Los espectadores o testigos del maltrato entre iguales son de forma mayoritaria los compañeros de las víctimas y de los agresores. Entre los espectadores suele producirse una inhibición a intervenir ante las situaciones de maltrato. Esta inhibición está motivada por el miedo a ser incluido en la agresión o en el círculo de la victimización. En las respuestas a una encuesta, el 30% de los testigos “intentó ayudar a la víctima”, mientras que el 70% no intentó intervenir. Desglosada esta cifra, el 40% no hizo nada porque “no era de su incumbencia”, y el 30% no ayudó aunque “sintieron que deberían hacerlo”, probablemente por temor a ser víctimas13. Hay una intención que no se traduce en conducta, lo que podría ser modificado. (Glew, Rivara, Feudtner, 2000).

Los agresores necesitan del silencio y la complicidad de los espectadores para continuar con su conducta. La violencia que ejercen sobre las víctimas tiene en los espectadores un efecto disuasorio que les impide denunciar, pero en numerosas ocasiones llega incluso a producirse un contagio social que hace que los espectadores se impliquen directa o indirectamente en la agresión.

Es frecuente la falta de apoyo por parte de los compañeros que, en el mejor de los casos observan sin intervenir (espectadores neutrales) y con demasiada frecuencia se añaden a las agresiones y amplifican el proceso (espectadores antiprosociales). Esto se explica desde dos vertientes: por una parte el miedo a sufrir las mismas consecuencias si apoyan a la víctima, (mientras le agreden a él, no se meten conmigo) y por otra por el fenómeno de contagio social que fomenta la participación en los actos de intimidación. También hay un grupo de compañeros (espectadores prosociales) que tratan de ayudar a la víctima.

Algunos expertos indican que el cambiar la actitud de los niños que son testigos, pero que no son víctimas del comportamiento agresivo, puede tener un gran impacto en los agresores.

Debido a que a los agresores les encanta tener una audiencia, el espectador o también conocido como mirón, que alienta o tolera hace que el agresor se sienta más fuerte y popular. La persuasión por medio de la dramatización puede ayudar a la juventud a reconocer una posible situación peligrosa. El mirón puede parar al agresor al decir simplemente: “Eso no es guay.” “No me impresiona.”

Es normal apreciar en sus conductas pautas de victimización “estable”, es decir, se trata de alumnos cuya manera de ser o de comportarse parece una “invitación” a que sus compañeros les hagan objeto de sus burlas o incluso de sus agresiones.

En una investigación de la Universidad de Murcia, Fuensanta Cerezo Ramírez trata de evaluar las variables de personalidad asociadas en la dinámica bullying (agresores versus víctimas) en niños y niñas de 10 a 15 años. Utiliza el Cuestionario de Personalidad para niños EPQ-J. (Eysenck y Eysenck. Adap. Seisdedos y Cordero), que contempla las siguientes escalas: N= Neuroticismo; E= Extraversión; P= Psicoticismo; S= Sinceridad además de La Batería de Socialización BAS-3, de Silva y Martorell, cuyas escalas son: Autocontrol, Ansiedad-Timidez, Liderazgo y Sinceridad, para cada uno de los subgrupos.

En las situaciones de aprendizaje escolar se generan con frecuencia dinámicas de agresión y victimización que parecen contribuir a la conformación de estos patrones estables de conducta. En nuestro trabajo hemos analizado la asociación entre dimensiones de personalidad y de sociabilidad junto con variables específicas de la dinámica bullying para cada lado de la moneda. Los resultados nos permiten afirmar que, algunas dimensiones de la personalidad se revelan claramente diferenciadoras para cada uno de los sujetos implicados en una dinámica de agresión y victimización.

Precisando algunos elementos del perfil de los agresores, nuestras conclusiones apuntan a que, junto a algunos aspectos de tipo físico como el ser varón (en una proporción de tres a uno) y poseer una condición física fuerte, estos jóvenes establecen una dinámica relacional agresiva y generalmente violenta con aquellos que consideran débiles y cobardes. Se consideran líderes y sinceros, muestran una alta autoestima y considerable asertividad, rayando en ocasiones con la provocación.

Rasgos de Personalidad de Agresores y Victimas

La personalidad es un constructo psicológico, con el que nos referimos a un conjunto dinámico de características de una persona. También es conocida como un conjunto de características físicas, sociales y genéticas que determinan a un individuo y lo hacen único.

En cuanto a las variables de personalidad, encontramos que suelen presentar algunas dimensiones de personalidad específicas: elevado nivel de Psicoticismo, Extraversión y Sinceridad, junto a un nivel medio de Neuroticismo. (Variables de personalidad asociadas en la dinámica bullying en niños y niñas de 10 a 15 años, 2001)

Los sujetos que están en el otro lado de esta dinámica, -los víctimas-, los que suelen ser el blanco de los ataques hostiles sin mediar provocación, por el contrario, muestran rasgos específicos significativamente diferentes, incluyendo un aspecto físico destacable: su complexión débil, acompañada, en ocasiones, de algún tipo de handicap. Viven sus relaciones interpersonales con un alto grado de timidez que, en ocasiones les llevan al retraimiento y aislamiento social. Se autoevalúan poco sinceros, es decir, muestran una considerable tendencia a tener una alta puntuación en Neuroticismo junto con altos niveles de Ansiedad e Introversión, justo alcanzando valores opuestos a los agresores.

Según estos resultados, comparándolos con los obtenidos por Slee y Rigby (1993), se confirma la alta tendencia al psicoticismo, en los agresores. En cuanto a las víctimas, si hemos encontrado asociación entre víctimización y neuroticismo que estos autores no contrastaron y, por el contrario, nuestros datos no confirman la asociación con baja autoestima. Además disimulo. Entre los rasgos de personalidad des aparece la variable sinceridad como aspecto destacado de la personalidad del agresor, frente a las altas tasas de ansiedad y timidez del víctima.

Edad y género

Respecto del curso o edad en el que es más probable que se den este tipo de comportamientos, no existe consenso en la literatura científica actual. Los resultados aparentemente contradictorios sobre la edad de mayor incidencia del bullying pueden tener a la base en distintas concepciones y medidas del bullying que los investigadores deben tener en cuenta.

Algunos autores sostienen que las conductas de bullying o victimización son más frecuentes en la educación primaria (6-11 años) que en la secundaria (12-16 años) (Olweus, 1998; Borg, 1999), mientras que otros afirman que es estable a lo largo de toda la educación obligatoria o incluso más frecuente en la educación secundaria (Pellegrini, Bartini y Brooks., 1999).

Por otro lado, dentro de la educación secundaria, son numerosas las investigaciones que señalan el segundo ciclo (entre los 14 y los 16 años) como el más conflictivo (Cerezo, 1999; Cohen et al., 1993; Estévez, 2002; Estévez, Lila, Herrero, Musitu y Martínez, 2002; Lenssen, Doreleijers, Van Dijk y Hartman, 2000; Ortega, 1994).

Parece existir acuerdo en la idea de que después de los 16 años, generalmente, desciende la frecuencia de implicación en comportamientos de este tipo (Martín, Martínez, López, Martín y Martín, 1998).

Algunos autores como Eslea y Rees (2001) sugieren que a medida que el niño va entrando en la adolescencia concede más importancia a las agresiones directas, mientras que las indirectas pasan a un segundo plano y, por tanto, no las incluyen en su definición particular de bullying (y puede que no las reflejen en los cuestionarios o entrevistas de los investigadores). De hecho, parece ser que existe una escalada en el tipo de actos violentos cometidos por los adolescentes, de modo que normalmente participan en primer lugar en conductas que implican formas menos serias de agresión como molestar a los compañeros, para pasar posteriormente (sobre los 14-16 años) a comportamientos que implican más el contacto físico o la violencia abierta (Loeber y Stouthamer, 1998).

La mayoría de los estudios coinciden en apuntar que el bullying es un problema fundamentalmente masculino: los chicos suelen ser, más frecuentemente que las chicas, tanto agresores(Cerezo, 1999; Johnson y Lewis, 1999; Maccoby y Jacklin, 1974; Olweus, 1998), como víctimas de agresión en los centros escolares (Cleary, 2000; Glover, Gough, Jonson y Cartwright, 2000; Paetsch y Bertrand, 1999) o incluso agresores-víctimas conjuntamente (Kumpulainen, Rasanen y Puura, 2001). Tattum y Lane (1989), por ejemplo, encontraron en su estudio que los chicos se implican en conductas intimidatorias tres veces más que las chicas. También en nuestro país, la mayor parte de los estudios concluyen que los chicos agreden más en la escuela, sin embargo, recientemente se ha observado que en el rol de víctima están desapareciendo las diferencias por sexos (Ortega y Mora-Merchán, 2000).

Por otra parte, es posible que el predominio masculino en el bullying encontrado en la mayor parte de los trabajos, obedezca a un sesgo en las medidas de los estudios. Este hecho podría explicar por qué en aquellas investigaciones en las que se toman medidas de bullying considerando exclusivamente conductas agresivas directas y físicas, los chicos presenten una frecuencia de implicación muy superior a las chicas, mientras que aquéllas en las que se tiene en cuenta tanto la agresión directa como la indirecta (principalmente, la difusión de rumores y la exclusión social), las diferencias en función del sexo tienden a desaparecer (por ejemplo, Ahman y Smith, 1994; Andreou, 2000; Craig, 1998; Hoover y Juul, 1993). En este sentido, sería posible que chicos y chicas utilicen preferentemente distintos tipos de agresión pero en niveles similares, de modo que las diferencias entre ambos sean más cualitativas que cuantitativas (Kochenderfer-Ladd y Wardrop, 2001; Martín et al., 1998).

Distintas investigaciones ofrecen datos a favor de esta hipótesis y ponen de manifiesto que los chicos suelen utilizar más frecuentemente que las chicas la agresión física directa y el daño a pertenencias de otros compañeros, mientras que las chicas se decantan por formas de agresión más sutiles e indirectas como la intimidación, la manipulación y el aislamiento social; por último, chicos y chicas utilizan por igual la agresión verbal como poner motes o dejar en ridículo (Mynard y Joseph, 1998; Olweus, 1998; Ortega y Mora- Merchán, 2000).

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