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Factores de riesgo

Se pueden observar los siguientes factores de riesgo: el temperamento (en la infancia) y la personalidad (en la adolescencia), la impulsividad, niveles bajos de CI y de rendimiento académico, la crianza y los abusos infantiles, el conflicto familiar, factores socioeconómicos, influencias de los amigos, influencias del colegio y de la comunidad.

Vamos a describir los factores individuales, familiares y escolares que se han relacionado más directamente con el rechazo escolar en los estudios existentes hasta el momento en la literatura científica.

Factores Individuales

Agresor

  • Ausencia de empatía: incapacidad para reconocer el estado emocional de otras personas.
  • Baja autoestima: percepción negativa de sí mismo
  • Impulsividad: falta de control de los impulsos que lleva a actuar y decir las cosas sin pensar.
  • Egocentrismo: exagerada exaltación de la propia personalidad, considerándose el centro de atención.
  • Fracaso escolar: bajo rendimiento escolar
  • Consumo de alcohol y drogas
  • Trastornos psicopatológicos: (trastornos de conducta, de control de los impulsos y trastornos adaptativos entre otros).

Agredido

  • Baja autoestima
  • Pocas habilidades sociales
  • Excesivo nerviosismo
  • Rasgos físicos o culturales diferentes
  • Discapacidad
  • Trastornos psicopatológicos
  • Factores Familiares

Agresor

  • Estilos educativos inadecuados: autoritario o negligente.
  • Maltrato intrafamiliar
  • Familia disfuncional
  • Poco tiempo compartido en familia
  • Pobres o escasos canales de comunicación

Agredido

  • Estilos educativos inadecuados: autoritario o negligente
  • Familia disfuncional
  • Poca comunicación familiar
  • Factores Escolares

Agresor

  • Políticas educativas que no sancionan adecuadamente las conductas violentas
  • Ausencia de transmisión de valores
  • Transmisión de estereotipos sexistas en las prácticas educativas
  • Contenidos excesivamente academicistas
  • Problemática del profesorado: vulnerabilidad psicológica, carencia de una metodología adecuada para el control de la clase.
  • Ausencia de la figura del maestro como modelo.
  •  Falta de reconocimiento social respecto de la labor del profesorado

Agredido

  • Ley del silencio (por amenaza de represalias, o por no ser acusados de “chivatos”).
  • Pobres relaciones con sus compañeros
  • Poca comunicación entre alumnado y profesorado.
  • Ausencia de figura de autoridad de referencia en el centro.

Características de los hogares familiares y estilos parentales

En el año 2001, el departamento de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Murcia, llevó a cabo la siguiente investigación “Educación en valores y Resolución de conflictos. Programa Pedagógico y su Evaluación”, en distintas localidades de la Región de Murcia. De la totalidad de los cuestionarios que se pasaron nos vamos a centrar en el análisis del cuestionario Bull-S Test de Evaluación de la Agresividad entre Escolares de Cerezo Ramírez (2001) que nos permite identificar a los alumnos agresores teniendo en cuenta la opinión del resto de los alumnos del aula; y el cuestionario sobre las relaciones Interpersonales Familiares y Escolares (REFE) elaborado por el propio grupo de investigación en actitudes y valores de la universidad de Murcia que encabeza la investigación.

De los 700 alumnos de Educación Secundaria que participaron en la investigación, un 4,85% aparecieron como agresores. Se extrajeron los cuestionarios REFE de estos alumnos agresores para poder elaborar un estudio pormenorizado del perfil familiar de estos alumnos.

Según estos datos, el 100% de los presuntos alumnos violentos pertenecen a una familia nuclear, de forma que contradice una de las ideas más fuertemente consolidadas, la de que los alumnos agresores provienen de familias desestructuradas. Por lo tanto, si no descartamos, al menos ponemos en tela de juicio o cuestionamos qué la principal desencadenante de la violencia en el niño sea la influencia de una familia desestructurada, tal y como expresan algunos autores como Barreda (2005), quién considera que un núcleo familiar desestructurado es la principal causa de conducta violenta del niño, aunque también reconoce que no es la única.

El hecho de vivir en una familia desestructurada no necesariamente puede llevar a la adquisición de hábitos de conducta violentos, al igual que el vivir en una familia nuclear no protege al niño de adquirir conductas de agresión. Por lo tanto, podemos afirmar que la estructura familiar no determina la presencia de conflictos intrafamiliares, sino que son mucho más representativas otro tipo de características como la relación existente entre los miembros de la familia, las expectativas que los hijos creen que sus padres tienen sobre ellos y la comunicación existente en el entorno familiar (Hernández Prado y Ortega, 2004).

Muchos de los participantes se sienten bien en casa y reconocen que hay un buen ambiente familiar, a pesar de que casi el 100% de los encuestados afirman que en casa hay presencia de discusiones y riñas, y que éstas suelen ser mayormente con los padres (63%) por motivos comportamentales y actitudinales. Los alumnos agresores, al igual que cualquier otro alumno viven conflictos familiares en sus hogares. Debemos aprender a diferenciar el conflicto de la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, es rechazable, el conflicto, por el contrario, no es necesariamente negativo. Existe una demonización del conflicto que lo asocia indiscriminadamente a conductas no deseables, a veces delictivas. Pero el conflicto es también confrontación de ideas, creencias y valores, opiniones, estilos de vida, pautas de comportamiento,…” (Ortega, 2001, 10). El conflicto se concibe como algo inherente a toda relación humana, ya que las personas somos únicas, distintas e irrepetibles (Calzón, 2004), por eso es mucho más frecuente que las situaciones de violencia

La mayoría de los niños encuestados (64%) consideran que normalmente se da el diálogo en el hogar, que no se prejuzgan las ideas individuales y que hay confianza para hablar. Además, se toman ideas de todos y se llega a acuerdos. Pero por otro lado, no podemos obviar que otros (36%) viven en un ambiente familiar en el que hay escasez de diálogo, por lo que tampoco puede existir la comunicación entre ellos, y este es un aspecto de gran relevancia para el buen desarrollo tanto personal como social de un niño.

Casi la mitad de los participantes (43%) preguntados por su familia, han preferido no responder, lo que muestra que no tienen confianza en nadie y nos lleva a pensar en que se trata de alumnos inseguros, solitarios, desconfiados, con relaciones superficiales. Por otro lado, también es importante decir que los alumnos violentos no suelen tener confianza con su padre para hablar de asuntos personales, sin embargo prefieren cerrar su círculo de confianza en torno a sus amigos, concretamente alrededor de aquellos que les siguen el juego y que les consideran más poderosos. Estos datos contrastan contradictoriamente con los anteriores, en los que se ponía de manifiesto una situación familiar idílica en cuanto al diálogo familiar. Si no hay confianza con los padres difícilmente se puede mantener un verdadero diálogo de acogida, respeto, cariño y aceptación.

A pesar de todo, más de la mitad de los agresores piensan que en casa se les da un trato normal, en forma que en ocasiones se cuenta con ellos para la toma de decisiones importantes, sin embargo, casi siempre les dicen lo que tienen que hacer y les ayudan a corregir sus errores (52%). Por otro lado, muchos se sienten queridos y aceptados por su familia, afirman que se cuenta con ellos para las decisiones de las cosas que les afectan y les hacen responsables de determinadas cosas (34%). Pero no podemos olvidar a otros alumnos bullies que no se sienten queridos en casa y que les gustaría que se les prestara algo más de atención (15%). Teniendo en cuenta esto, podemos ver que son pocos los bullies que realmente se sientes integrados, escuchados y partícipes de su vida en familia.

Las familias de los participantes muestran especial preocupación, no sólo por el aspecto educativo de los hijos, sobre el cual tienen muchas expectativas (79%), sino que también lo hacen por el aspecto comportamental (21%), por lo que implantan normas de comportamiento referidas tanto a fuera como dentro del hogar, tales como:

  • Respeto
  • No portarse mal
  • Ayudar en casa
  • Respetar los horarios establecidos
  • Tener una buena relación con los hermanos/as

Realizar las tareas escolares (estudiar)Además, también se establecen normas actitudinales necesarias para lograr el respeto entre las personas, y para ello es conveniente que los hijos adquieran responsabilidades que les otorguen capacidad de responder adecuadamente ante cualquier situación. Según los participantes de estas encuestas, en casa son responsables especialmente de tareas del hogar (78%) que les enseñarán a comprometerse con los demás y consigo mismos, al mismo tiempo de ser responsables también de todos los aspectos referentes a su proceso de enseñanza-aprendizaje (22%), es decir, de su educación.

Estilos Educativos parentales

Han sido clasificados en tres tipos básicos:

  • Estilo permisivo: Caracterizado por ser poco punitivo, deja al niño a regular su actividades como el desee, no se les pide obediencia, se le anima a que siga su criterio sin restricciones psicológicas ni conductuales.
  • Estilo autoritario: Contrariamente al estilo permisivo, se controla, evalúa el comportamiento del niño con respecto a unas normas de conducta. La obediencia es valorada positiva en sí misma. Favorece las medidas punitivas y valora la autoridad y la tradición como elementos fundamentales de la educación.
  • Estilo democrático: Se dirigen las acciones del niño, aunque de forma racional y hablando con el niño. Al mismo tiempo que se valora la autonomía se realiza un control firme y reconocimiento de sus particularidades. Se admite que este estilo es el que mejor predice la confianza padres/hijos, así como la adaptación social positiva.

Todo parece indicar que no sólo las prácticas educativas severas o de maltrato, sino también las incoherentes (inconsistentes) o inapropiadas pueden suponer factores de riesgo (Smith, 2004). Las prácticas coercitivas influyen en la aparición de conductas agresivas (Farrington, 2005), ya que los padres coercitivos con sus hijos carecen de habilidades para reforzar positivamente comportamientos adecuados y fallan a la hora de eliminar conductas inadecuadas, modelando y reforzando el comportamiento agresivo al niño. Por su parte, los estilos negligentes o permisivos, tiene como características una nula o baja supervisión del hijo durante la infancia y unas prácticas disciplinarias inconsistentes (Farrington, 2005; Justicia et al., 2006)

Algunos estudios señalan que los estilos educativos autoritarios, con prácticas punitivas, se relacionan más con los comportamientos agresivos (Smith y Myron-Wilson, 1998; Espelage, Bosworth y Simon, 2000; Silver, Measelle, Armstrong y Essex, 2005), aunque Baldry y Farrington (1998) pusieron de manifiesto en un estudio con una muestra italiana que el estilo autoritario precedía una mayor implicación en comportamientos de acoso, bien como agresor o bien como victima.

Schwartz et al. (2000) recogen en su estudio que las prácticas educativas muy duras y punitivas también incrementan la probabilidad de convertirse en víctima en una etapa posterior ya que estos modelos agresivos provocaría altas tasas de reacción agresiva y de enfado, el rechazo de los compañeros y la aparición de rasgos de victimas agresivas.

A este respecto, Ahmed y Braithwaite (2004) en un estudio australiano indican que un estilo autoritario predecía el comportamiento de los sujetos bullies y víctimas-provocadores, contrariamente a lo que recogían Bowers, Smith y Binney (1994) en un estudio realizado con sujetos ingleses, en el que concluían que el combinado acosador/víctima era el grupo que percibía sus relaciones con los padres con puntuaciones bajas en supervisión y cariño y más altas en sobreprotección y negligencia indicando una disciplina incoherente.

Por su parte, los estilos educativos permisivos y negligentes también se asocian a experiencias de victimización (Bowers, Smith y Binney, 1994; Olweus, 1997). Según Olweus el niño que tiene más probabilidades de convertirse en víctima es un niño prudente, tranquilo y sensible con una madre sobreprotectora con quien mantiene una relación estrecha, o con un padre muy crítico y distante que no constituye un modelo masculino satisfactorio.

Recientemente, un estudio realizado por Georgiou (2008) en Grecia profundiza en la sobreprotección que puede ejercer la madre en relación a las experiencias de victimización, concluyendo que los sujetos victimas perciben un estilo educativo más permisivo por parte, sobre todo, de las madres, quienes se muestran más receptivas y sensibles con sus hijos.

Educar es una tarea muy difícil ya que los padres ni las madres son expertos en pedagogía o han nacido ya preparados para educar a sus hijos.

Pero la familia se construye y su estado es considerado esencial para la socialización de los niños, a través de la transmisión de valores, normas, comportamientos, etc.

La familia es la que tiene que establecer lo que es reprobable y lo que es aceptable, en casa y en las relaciones sociales.

Según los expertos en acoso escolar, la ausencia de reglas, la falta de supervisión y de control razonables de la conducta de los hijos fuera del colegio, de lo que hacen y con quién van, una disciplina demasiado dura, la falta de comunicación y la ocurrencia de tensiones y de peleas en la familia, pueden llevar a que los hijos adquieran conductas agresivas.

 

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